domingo 7 de agosto de 2011

Bolívar y la Revolución por Germán Arciniegas

En el proceso revolucionario que va del XVIII al XIX, con sus derechos del hombre, las limitaciones al soberano, los parlamentos reforzados, la participación de todas las clases sociales, los recortes al poder eclesiástico y a la aristocracia, las hechuras de las leyes por el parlamento y no por la voluntad real… de todo, de todo, lo más radical fue la independencia, proclamada por los pueblos de América. Lo demás no son sino variantes en el sistema antiguo. En la independencia se va lejos. Se frenan para siempre los imperios y surge un derecho nuevo. Salen remozadas todas las otras expresiones de la revolución. En este cuadro, Bolívar entra a ser el instrumento que trabaja en lo más radical del más revolucionario se los siglos. Su obra está ahí. Y solo ahí. No hay que equivocarse.

Bogotá, Planeta, 1984

miércoles 20 de abril de 2011

martes 22 de junio de 2010

Bienvenido Visitante Número

sábado 5 de junio de 2010

Revolución Bolivariana y Rufino Blanco Fombona por Eloy Reverón


¿Quién podría dudar de la condición anti imperialista, bolivariana, y patriótica de Rufino Blanco Fombona (1874 1944)? Su pasión bolivariana está a prueba de todo riesgo. Sin embargo, a la luz de la Teoría de la Historia de la Revolución Bolivariana encontramos una serie de baches que corresponden al trabajo de filigrana que hizo la razón dominadora para justificar la violencia de su dominio sobre Nuestra América. “Occidente” impuso una manera científica de pensar, diseñada de tal manera que imposibilitaba toda posibilidad de liberación. Ya hemos explicado la teoría de las cuatro cadenas que sirvieron de sustento al sistema colonial. La cadena representada con el sol de la razón, que además organizar racionalmente el sistema económico de explotación esclavista colonial, generó por consiguiente una ideología que lo justificó, un discurso cientificista que se inició con el movimiento de los humanistas, el desarrollo de la ciencia y la técnica, el liberalismo romántico y luego el económico; para que finalmente desembocar en el positivismo evolucionista. En ese laberinto estuvo enredado el paradigma esencial del razonamiento de Blanco Fombona.

El discurso eurocéntrico trazado desde los tiempos de Pico de la Mirandola, fue dirigido a colocar a Europa en el tope de la evolución, y el tope de ese auge se manifestó en la doctrina positivista, a la cual Rufino se adhería como la ciencia y el conocimiento de su tiempo. En el discurso de los cultores de la legión de súper héroes es frecuente la ausencia de una razón liberadora, la libertad es evocada como un don divino, y no como una concepción que se ha de tener clara para alcanzar objetivos políticos. Ya no es la mayor cantidad de felicidad posible que planteaba Jeremías Benthan. Es la forma racional de cómo se produce el “pan de esa felicidad”. Esto sucede en un ambiente romántico que concentra su atención sobre el proceso de liberación política exaltando los hechos heroicos y las hazañas casi sobre humanas para alcanzar una emancipación, como si ese cielo romántico de la libertad hubiera sido alcanzado, dejando a un lado el análisis crítico, porque no llegó hasta algo tan elemental como revisar la forma sutil como fueron tejidos los lazos de la dominación europea sobre América. Blanco Fombona entendió una guerra a muerte: …, entre España y sus colonos insurgentes; entre el espíritu férreo e intransigente de España y el espíritu heredado, férreo e intransigente, de sus hijos americanos. Cuando empecé a escribir sobre historia, muy joven, redacté el presente estudio. Le di aparato cientificista, de moda entonces, y tono abogadil y poco ameno. (…) Entonces escribía con más exaltación combativa y pensaba con menos serenidad que ahora. (…) Además ahora {1940} pienso esto: el que no sea pensador político, o haya sido alguna vez dirigente de hombres; quiero decir – el que no posea un alto sentido y práctica de las realidades, de la psicología de los hombres y pueblos – no se ponga a escribir de historia. Ni la comprenderá, ni la hará comprender. Pero tenga cuidado de no emplear los procedimientos de la política en la historia. En la historia, lo primero, sinceridad y honradez. (…) Pintaría a los hombres y a los pueblos, explicándolos por su psicología. (…) Debo añadir, que no se puede, ni se debe, escribir la historia de un país americano, en la época de su independencia, insurrección general de todas las colonias, con la misma tendencia y contra el mismo dominador europeo, sin constantes incursiones en los episodios de rebelión en las demás colonias. Así he procedido en este ensayo de historia crítica. (RBF. 1940:pp 7/8)

Vislumbra la necesidad de considerar una visión continental, pero no deja de acusar una visión de suma de parcialidades, esto sorprende sobre todo de un hombre que ha dicho en su tiempo algo como: “América es el pueblo que se ha desangrado durante décadas por frases huecas, por palabras: rey o república, centralismo o federalismo, conservadores o liberales; el pueblo bárbaro de las guerras federales en Venezuela, Colombia, Argentina y México. ¡Como si la dignidad política estuviese en las etiquetas y no en el carácter y la acción de los hombres! Nuestra América ha sido el pueblo de los Estados Desunidos de América.” Y la remata con esta interrogante: “Qué mucho pues, que la guerra de emancipación se iniciase con firmeza, si peleaban los españoles con sus hijos?” No digamos nada de las justificaciones que hace del conquistador. Lo que quiero resaltar de su punto de vista es que las guerras federales, como fueron hechas entre americanos, sean venezolanos, colombianos o mexicanos, son guerras bárbaras, la que el llama guerra de independencia es un asunto sublime entre los españoles con sus hijos, el discurso eurocéntrico, muy propio, como el mismo señala “de las modas cientificistas”. No es posible que pudiera diferenciar entre las guerras sociales y la emancipación.

Tampoco entendió Rufino a Miranda a la Primera República cuando se refiere a una minoría insignificante e inexperta quería la emancipación. No, esa minoría quería sustituir a la monarquía como clase dominante. Si se mostró independentista lo hizo hasta terminar el peligro de caer bajo el poder de Francia. La inmensa mayoría profesaba una ideología monárquica que es muy diferente a ser realista. Los blancos mantuanos eran la cara visible de la explotación colonial. El obispo Coll y Prat dirigió la política comunicacional de la Iglesia, a atacar a la Primera República. Su argumento más convincente estuvo avalado por el terremoto que dejó en ruinas las ciudades más importantes de la república había sido el castigo de Dios por haber sustituido por la Ley al Rey coronado en su nombre. Rufino encuentra en su lugar una explicación fácil y hasta ingenua cuando afirma que:

“Miranda comprendió de seguro que en Venezuela era solo una minoría insignificante e inexperta la que aspiraba de veras a la emancipación. La inmensa mayoría era realista. Tampoco quería él que la emancipación, si se conseguía, costase los ríos de sangre que podía costar.”(Blanco Fombona: 1942, p.87)

Por supuesto que era una minoría. Lo de inexpertos es relativo no olvidemos que la flota inglesa había sido rechazada en la Guaira. El tema es que Rufino no contó con la documentación del Archivo de Miranda para darse cuenta de la distorsión de la historia impuesta por la Oligarquía conservadora, los herederos del mantuanaje. Reconoce en Miranda al diseñador del espíritu revolucionario. Sigue viéndolo como a un fracasado cuando lo justifica de esta manera:

“Miranda pudo haber fracasado en cuanto a libertador. Pero le queda la gloria indiscutible de haber preparado, en los espíritus de toda América, la Emancipación. El hizo por su prédica, sus sacrificios y su constancia la siembra revolucionaria. Fue el Precursor.” (Blanco Fombona: 1942, p.90)

Miranda además fue un interesante maestro de Bolívar. Compartió su biblioteca y su experiencia mundana durante el segundo semestre de 1810. Poco se sabe de esa relación. La teoría conspirativa induce la idea de que en el 58 de Grafton Way de Londres funcionaba una logia masónica donde de manera mágica se insuflaban los destellos de la conciencia de clase.

Lo esencial está en que a Rufino le faltó independizarse intelectualmente del modelo dominante de pensamiento científico de su época.

viernes 26 de junio de 2009

Texto del profesor Marcos Osorio Jiménez, en Bolívar y sus detractores, Caracas, Ed. Librería Piñango, 1979 pp 21 / 26



Arciniegas, Germán: América Mágica


ARCINIEGAS, Germán.— Obra: América Mágica. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1959.

El escritor colombiano, doctor Germán Arciniegas, presenta en este libro once personajes americanos y un grupo anónimo bajo el título "Los hombres y los meses". El relato general es una di­vagación seudohistórica o, más bien, seudobiográfica en torno a hombres célebres de la América española dentro del marco cir­cunstancial de sus vidas, de sus andanzas y de su valor como sím­bolos. En un libro de esta índole no podía, naturalmente, faltar un personaje tan extraordinario como el Libertador Simón Bolívar; las páginas a él dedicadas por el autor sen el motivo del presente comentario.
Empezaremos por la transcripción de algunos pasajes del "Pre­facio" de América Mágica, que explican el porqué del título. Junto a algunas digresiones oportunas hay otras que sirven de justifica­ción a la crítica que vamos a hacer de la semblanza lastimosa del Libertador con la cual el doctor Arciniegas da remate a su obra. En ese "Prefacio" leemos:
"Hay que saber tomar las cosas al revés, saberles dar la vuelta radical, temerariamente, como lo hacían González Prada o Montalvo en sus ambientes de sacristía que ellos convirtieron en tea­tros al aire libre. Para ser mágico no se necesita saber leer en los libros, pero sí en las almas... "
Más adelante leemos: "Una mística para cada jornada, un dis­parate para cada circunstancia, un recurso imprevisto para ven­cer la razón de cada día y anticipar la razón de mañana: he aquí nuestro destino. De los menos racionales de todo el conjunto so­cial: de los mozos, de las mujeres, de los campesinos, sacamos el catálogo de los héroes. El que hoy tiene menos razón será maña­na el que tenga más. Nuevo Mundo, Mundo Mágico, América Má­gica."
Según lo anterior, la razón del destino americano y aun su devenir histórico están en la sinrazón de las gentes y en el absur­do de las circunstancias, Y en el catálogo de héroes del doctor Arciniegas nada valdrían las minorías selectas ni los entendimien­tos ductores que señalan rumbos y marcan hitos de orientación.
De ese modo empieza el autor, para contradecirse luego al esbo­zar aspectos biográficos de un grupo de celebridades, entre las cua­les algunas fueren, con acentuado relieve, exponentes de cultura en sus países respectivos: entre ellos, Martí, Sarmiento, Fray Ser­vando, Montalvo, González Prada,.. De todos modos, las personas seleccionadas por el autor para su exhibición de magia son re­presentativas de las excelencias de nuestras gentes, y algunas de ellas han tenido una extensa irradiación continental.
Abre la feria mágica José Martí, el cubano inmortal. Para él y para los otros personajes de su libro, excepción hecha de Bolívar, el autor tiene sólo frases de elogio, y sus perfiles no presentan deformaciones. La distribución que el doctor Aremiegas hace de un prohombre para cada mes del año coincide unas veces oon el mes del nacimiento, otras con el de la muerte; en algunos casos el encasillamiento en un mes determinado quedó al arbitrio del escritor. Para el Libertador Bolívar escogió el mes de diciembre, el de la muerte del genio americano, capítulo final de América Mágica.
Como antecedentes para les juicios críticos que vamos a emitir anotamos que el doctor Arciniegas es autor de varias obras con las cuales ha obtenido éxitos de librería, desde El Estudiante de la Mesa Redonda, hasta Biografía del Caribe, América, Tierra firme, Amerigo y el Nuevo Mundo, etc. Muy manifiestas son sus simpatías por personajes masculinos y femeninos del arte y de la historia de Italia. No obstante, la relativa abundancia de su producción literaria, hasta el momento no ha presentado la obra que le consagre como merecedor de que su nombre sea inscrito en el cuadro de los autores de fama imperecedera. En nuestro sentir (y dejamos constancia de que nuestro criterio es estricta­mente personal), la razón de ello está en que el doctor Arciniegas, como escritor, gusta más de lo impresionante que de lo verdadero y profundo; en que prediga aliteraciones, perífrasis y frases de re­lumbrón: "Nada más... Ni nada menos", y esto no sólo como una cita textual (que también lo es), sino como un resumen del pensa­miento de don Germán.
En el terreno histórico ha hecho- incursiones en torno a la vida de don Gonzalo Jiménez de Quesada y del trágico episodio de Los Comuneros del Socorro. Sobre esta fase trascendental de la evolu­ción política de la Nueva Granada, el autor no realizó la investi­gación imparcial necesaria para enriquecer la historiografía en la forma exigida por la importancia del tema; en esta obra "arras­tró" la oportunidad de dar desahogo a una mal encubierta fobia clerical, para exhibirse con alardes de espíritu "fuerte", como vol­teriano con jactancias de iconoclasta. Aunque Los comuneros del doctor Arciniegas es un libro que merece refutación detallada para desvirtuar la abundancia de errores históricos' en él consignados, como también para deshacer las tendenciosas interpretaciones y ca­lumnias del autor, tal estudio no es materia específica de esta rese­ña. Debemos de paso llamar la atención sobre ese atentado contra la verdad histórica, porque en América Mágica reitera don Germán su fobia cuando expresa: "... Lo decía frente a los hijos del pue­blo (el presbítero Fernández) que habían perdido cuarenta años antes a sus capitanes en la celada que les tendió el arzobispo Ca­ballero Góngora" (pág. 93). Si el doctor Arciniegas escribiera sin cegarse con sus prejuicios y antipatías hubiera averiguado que el arzobispo Caballero Góngora no fue, directa ni indirectamente, res­ponsable del sacrificio de José Antonio Galán y compañeros már­tires,; hubiera aprendido que el culpable directo, inmediato, el hombre inicuo y perjuro fue el ministro José Galvez. También po­demos aconsejarle que realice una averiguación en los documentos históricos, y advertirle que las fechas de algunas cartas de la épo­ca y de los sucesos permiten establecer sin reservas la inocencia del mencionado arzobispo. Tales documentos y algunas obras se­rias, entre ellas Los Comuneros del doctor Fulgencio Gutiérrez, deshacen las amañadas imputaciones calumniosas del doctor Arciniegas, y quien les dé crédito a éstas o las admita sin la previa ilustración sobre el caso, forzosamente sigue los "preceptos" que don Germán recomienda, en especial el que vimos en el "Prefacio" de su América Mágica, que dice: "Hay que saber tomar las co­sas al revés." Si las tomamos como fueron o son debemos apuntar­le a don Germán que la actuación del arzobispo Caballero Góngo-ra como virrey de la Nueva Granada (cuando lo fue efectiva y realmente, ya que en el asunto de los comuneros no tenía aún tal investidura y su actuación fue exclusivamente la de un mediador y conciliador honesto) se distinguió como gobernante progresista hasta el punto de que su obra benéfica y civilizadora es elogiada por los historiadores serios como la mejor de cuantas hubo en el Virreinato de la Nueva Granada y en otros dominios de la Corona de España.
Como contraste, y muy significativo, de las antipatías del doc­tor Arciniegas resalta su simpatía por el "francés" y "liberal" Car­los III, el mismo de la expulsión de los Jesuitas. Nos vamos a per­mitir insertar a continuación una muestra del estilo literario del autor en su retrato del mencionado monarca Borbón:
"Tiene el rey una nariz enorme, que domina el resto de su rostro. Es una proa puesta contra los vientos para que la tuesten. "Detrás" de la nariz muestra el rey una sonrisa bonancible, un "gesto" de ilusión, inteligencia, esperanza y optimismo. Con su "na­riz de caza" y su mente alborotada y soñadora "preside" los con­sejos de sus ministros, ora les abandona. "Espléndida contradic­ción", muy propia de la majestad real, esta que tiene don Carlos III ."entre su nariz y su sonrisa." (Los subrayados son nuestros.)
¡Magnífico boceto!, no faltará quien diga. Se nos ocurre pen­sar: ¿Cuántas narices tenía Carlos III? ¿Poseía, tal vez, una serie de narices de teatro a modo de juego de enchufe de unas en otras? "La nariz de caza... preside los consejos de sus ministros... " Otra nariz contrasta espléndidamente con la sonrisa. (Ensaye quien lo desee otras interpretaciones de esa palabrería insubstan­cial.)
Entremos ahora en el "crudo mes del hielo" (v. El Cuervo, de Poe, traducción de J. A. Pérez Bonalde), mes dedicado por el doc­tor Arciniegas al Libertador, y epílogo lamentable de su América Mágica. Hay algunos elogios como para disimular el sarcasmo irreverente. Veamos:
"El venerable precursor, el Generalísimo Miranda, encarga a Bolívar la defensa de Puerto Cabello y Bolívar pierde la fortaleza. Con este fracaso se termina la guerra. Miranda firma la capitu­lación."
Un lector ignorante de la historia de Venezuela puede deducir de lo anterior la ineptitud de Bolívar, su culpabilidad. Trae lue­go el autor una división de la vida del héroe en tres períodos: uno de ellos desde diciembre de 1812 hasta diciembre de 1824; en seguida expresa:
"...Los otros dos fragmentos de su vida —casi treinta años de alocada juventud, y los tremendos seis del angustioso final— corresponden a otros dos bolívares que están fuera del mundo del Libertador."
Con Vicente Azuero y Plata, Eduardo Caballero Calderón y otros malquerientes de Bolívar, el doctor Arciniegas se permite fragmentar la personalidad del Libertador con la pretensión de reducirla a la propia talla moral tan mezquina de los detractores. El autor, tan amigo de desahogos, no se los tolera al Libertador; ni siquiera los que le arrancaron la violenta presión de las cir­cunstancias, la agresividad de sus antagonistas, la incompren­sión..., esos momentos que le hacían renegar de los hombres, los sistemas de gobierno, de la naturaleza, de su propia vida. Para el autor de América Mágica, tales desahogos efímeros y circunstan­ciales fueron afirmaciones rotundas del pensamiento de Bolívar y testimonios inequívocos de su credo político y sociológico. Por eso, y de conformidad con el criterio de que "hay que saber tomar las cosas al revés", añade lo siguiente:
"No creía en realidad, no creyó nunca en la democracia, en los sistemas civiles, en las leyes. No creía en los intelectuales. No creía en los derechos del hombre... "
¡Asombrosa clarividencia del autor! No creía en los derechos del hombre el que más luchó por ellos. En otra parte-leemos: "Bo­lívar fue un libertador. No fue nada más que eso. No fue nada menos." Aquí podemos encajar, con la misma fuerza lógica de don Germán, una deducción discutible para él, pero tan legítima como las suyas: El doctor "A" es un mentecato. No es nada más que eso. Ni es nada menos.
Veamos otras muestras de malquerencia:
"Un día la guerra se le fue de entre las manos. Ya no le que­daban sino gajos de laurel. Comenzaba la república... " "En la guerra de la república un vencido... " "Había caído Bolívar en un gran desprestigio... Su esqueleto vivía: le dolían los huesos. No po­día subir las escaleras. La tierra era ardiente y se envolvía en lana de la cabeza a los pies,.. Era la hacienda de San Pedro Ale­jandrino. Se abría lo mismo para acoger al que fue tremendo caudillo de la guerra a muerte reducido ahora a una pavesa... De un Bolívar fabuloso, que todos sabían ahora con el ala del cuervo rozándole la ancha frente de hondas arrugas, la cabeza un tanto calva, el pelo ceniciento... "
En este tono el autor nos lleva hasta el final: un epílogo me­diocre con algunas frases del Libertador en la última proclama, la del llamamiento a la unión salvadora, y las incoherencias del de­lirio cuando el Padre de la Patria, ya en agonía, no era dueño de su razón: "Vámonos... Vámonos... Esta gente no nos quiere en su tierra... Vamos, muchachos. Lleven mi equipaje a bordo."
Sin más comentarios (menos mal) da remate el doctor Arcinie-gas a su lastimosa semblanza del más extraordinario de les per­sonajes que presenta en su obra. En las producciones literarias como ésta, donde lo predominante es lo imaginativo, cuando el te­ma es noble y austero, el interés y la emoción, en gradación as­cendente, dejan en el ánimo la inefable impresión de lo sublime. El nombre de Bolívar, su genio, su obra, ofrecen estupenda opor­tunidad para un epílogo majestuoso y una exaltación lírica como las que podemos hallar en las grandes epopeyas de la literatura universal... Pero el doctor Arciniegas no intentó siquiera levantar su espíritu hasta la cima que una vida como la de Bolívar brinda tan ampliamente a los escritores que cultivan los géneros litera­rios graves y majestuosos; una vida tan colmada de portentosas realizaciones, que ha inspirado páginas de resonancia perenne, des­de el epifonema del Licenciado Choquehuanca y el Canto a Junín de Olmedo, hasta los ensayos de Martí, Montalvo y Rodó. Ni asomo de algo que valga la pena encontramos en el mediocre y lastimo­so boceto que el doctor Arciniegas hizo del hombre superior, el ge­nio continental. Al contrario: tal como en uno de los apólogos de Enrique José Varona, el vuelo del autor de América Mágica ha­cia las cimas del genio de nuestra emancipación fue un vuelo rastrero como el de la hoja seca que el vendaval levanta, pero que en esta ocasión no llegó hasta la altura donde se ciernen las águi­las y los cóndores del pensamiento, porque llevaba como lastre el lodo de los prejuicios.
Una pregunta final: ¿Con qué intención, o qué motivo indujo al doctor Arciniegas a incluir una caricatura del Libertador en la galería de retratos de su América Mágica?... Y la respuesta si­guiente :
AUNQUE LAS DESLUMBRA Y ENTORPECE, LA LUZ TIENE ATRACTIVO IRRESISTIBLE PARA LAS AVES NOCTURNAS DE LA INCOMPRESIÓN.

sábado 17 de enero de 2009

Lector



El martes veinte de enero corresponde a la fecha de reinicio de nuestras reuniones destinadas a discutir los asuntos relativos a la apreciación histórica del mundo de las relaciones internacionales, la política y la evolución de las ideas liberadoras y demás gestiones que quedaron registradas en un conjunto documental que ha sido reconocido como Patrimonio Cultural de la Humanidad y la evolución del contexto geopolítico que trasladó de la periferia del mundo a ese espacio que identificamos con el nombre de Europa hasta centrarse con la expansión de su cultura y economía hacia Nuestra América.